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ECHAR UN POLVO EN EL CAMPO XXX
Aquella mañana de domingo también salimos a pasear por el campo. Casi cada fin de semana o día festivo aprovechamos para escaparnos de la ciudad y respirar aire fresco. Mirar hacia el horizonte y no ver ni edificios ni gente es una perspectiva que crea adicción.
Hay valles y montañas que hemos visitado ya varias veces, pero tratamos de buscar sitios diferentes con los que recrear el alma. Lo malo, y esto lo digo con un poco de picardía, es que no siempre encontramos un sitio donde escondernos para hacer travesuras de las nuestras.
Tal vez cumplamos la media de los españoles que practican sexo solo una vez por semana y normalmente los fines de semana. Es cierto. La diferencia es que como esos días nos pillan en el campo pues el polvo lo echamos a plena luz del día y en medio de la naturaleza.
Ciertamente es más difícil echar un polvo de pie que tumbados o sentados. Pero la libertad de hacerlo en el campo tiene un morbo especial.
Pues aquel domingo caminamos durante horas hasta encontrar un viejo casaron en el que decidimos entrar y sentarnos a descansar. No nos habíamos dicho nada, pero los dos sabíamos que el polvo lo echaríamos allí. Así que dimos una vuelta de reconocimiento y, antes de que mi chico se quisiera dar cuenta, yo ya estaba desnuda y con el coño presto para ser penetrado.
Sé que le produce tal excitación verme desnuda a plena luz del día que la erección es cuestión de segundos. Y que venga como un león en celo a devorarme, solo milésimas de segundo. Nos sentimos tan en casa cuando echamos un polvo en el campo que no hacemos ni el intento por reprimir los gemidos. Eso ha hecho que algunas personas que estuviesen trabajando por los alrededores se acercaran extrañadas. Pero al vernos echando un polvo se han marchado avergonzados.
Algunas veces se han quedado a mirar, aunque la mayoría de las veces se marchan.
Aquel domingo echamos un polvo tan espectacular que si alguien vino o asomó las narices en el viejo casarón, ni nos enteramos.
En principio nos besamos y nos refregamos desnudos como lo podríamos hacer en cualquier sitio. Cuando ya estoy tan cachonda que necesito que me penetre y correrme sin dejar de gritar le digo a mi chico que se tumbe en el suelo. Es tal vez la parte más difícil porque no siempre hay donde apoyarse. Pero tardo muy poco. En cuanto noto sus quince centímetros de polla dentro de mí el orgasmo se me escapa a la carrera entre las piernas. En seguida nos levantamos, me apoyo contra la pared para ofrecerle mi culito en popa y, con el coño húmedo y dilatado por mi clímax, entra como un cohete la sedienta polla pidiendo a gritos su turno. Y a las pocas penetraciones siento en la vagina los latigazos de su polla y el rio de semen que me inunda las entrañas. Los gemidos inundan la estancia y, en los arboles cercanos, se oyen levantar el vuelo algunos pájaros asustados.
Esa es, sencillamente, una mañana de domingo con polvo incluido. Sentir mientras te corres el aire puro entrar en tu cuerpo, la luz del sol acariciando tu piel y el sonido de los pájaros a lo lejos, no tiene lingotes de oro con que pagarlo.
Es incomparable tanto lo de pasea como el polvo a plena luz y en medio de este mundo. Nosotros no lo cambiamos por nada.
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