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NINFÓMANA XXX
Una imagen vale más que mil palabras. Y no hay más que mirar la foto para saber lo que siente mi mujer cuando me ve la polla. Tal vez no encaje exactamente con la definición de ninfómana pero es tal la desesperación y la fogosidad con la que trata mi miembro que a mí me gusta llamarla “mi ninfómana”.
Lo normal es que echemos dos o tres polvos a la semana, por eso digo que no es ninguna maníaca del sexo. El caso es que no conozco ninguna mujer que folle de esa forma tan escandalosa. Siempre le digo que las terminaciones nerviosas de su coño no se limitan a la entrepierna, sino que se extienden por todo su cuerpo. Así que cuando lo hacemos toda ella es una fiesta de expresión corporal, un volcán en erupción, una ninfómana desatada tras un mes de abstinencia sexual.
Sé que entre los vecinos corre el rumor de que efectivamente es una ninfómana. Y, si por los gemidos fuera, es una fama que tiene bien ganada. Al principio me daba mucho corte encontrarme con alguno por la escalera el día después de haber formado el espectáculo, pero con el tiempo me he ido acostumbrando. También me molestaba ver como la miran los demás hombres del bloque. En sus ojos se describen muchas cosas. Para empezar que sus mujeres no follan como la mía, no gimen como la mía y posiblemente no disfrutan del sexo como lo hace la mía. Lo siento por ellos. Tal vez la solución esté en que acudan a la librería más cercana y compren libros de sexo o de cómo convertir a tu aburrida mujercita en una ninfómana por el resto de los días. La mía lo traía en los genes.
Bromas aparte, lo de que mi mujer sea una ninfómana es una exageración, pero lo que debe de ser muy aburrido es tener una mujer como las de mis vecinos. Jamás les he oído ni siquiera un murmullo a altas horas de la madrugada. Ni tanto ni tan calvo. Ni monjita de la caridad ni ninfómana desbocada.
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