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TALLA DE PECHO 110 XXX
No sabría decir el número de veces que mi novia me ha hablado de sus amigas de la universidad. Cientos. Que si aquella acabo la carrera de derecho y es una abogada estupenda, o si la otra trabaja en una sucursal de uno de los bancos más importantes de España. El caso es que solo una vez coincidimos con alguna de ellas en un centro comercial y apenas tuvimos tiempo de cruzar unas palabras.
Mis amigas son tan guapas, son tan divertidas, tan inteligentes. Tantos eran los comentarios y los piropos que les dedicaba que sin haber convivido con ellas les tenía un aprecio especial y una gran admiración por todo lo que representaban para mi chica.
El pasado verano definitivamente una de ellas, Martina, telefoneo diciéndonos que vendría a pasar una semana con nosotros en el apartamento que tenemos en Gandía. La ilusión que le hizo a mi chica me llenó de entusiasmo. Llenamos la nevera, compramos algunas plantas para re decorar la terraza y algunos detalles más con tal de que la casa irradiara felicidad y bienestar por la llegada de tan ansiada visita.
Y desde luego que irradio bienestar. Los guapa que es, lo divertida y simpática quedaron al margen desde la primera tarde que pasamos en la piscina. ¡Dios que tetas!.
¿Qué hace un hombre cuando tiene a la mejor amiga de su novia tumbada en la piscina de su casa, con unas tetas enormes, tumbada bajo el sol? La respuesta es pasarlo fatal. Si hablas con ella tienes que mantener la concentración en las palabras para no desviar los ojos a su pecho. Si nos sentamos a comer has de intentar ocuparte de lo que sea para que la mirada no se desvíe hacia su escote. Y si, estés donde estés, la conversación arranca unas enorme carcajadas de las que hacen estremecer a cualquiera y ves que a Martina las tetas enormes le botan enloquecidas en el pecho, tu miras hacia el suelo con los ojos cerrados, los dientes apretados y las lagrimas a punto de saltarse. Y todo por tratar de disimular la admiración a un monumento de la naturaleza que Dios, con mala intención, puso en el camino de los hombres.
Fueron unos días de erecciones continuas por los pasillos del chalet y un falso interés en los cuadros de la pared con tal de no mirar su escote. Pero finalmente me pillo. Normal. Hasta un ciego lo habría notado. Soy humano. No puedes tener un pecho con una talla de 110 frente a ti y mirar la televisión. No se puede. Conste que lo intenté durante los primeros días pero desistí al verme llorando interiormente por flagelarme de aquella manera mirando hacia otro lado.
Pensé en disculparme si me decía algo. Claro que ella tenía que estar acostumbrada a que la gente le mirara esas enormes tetas. Un pecho tan grande no se puede ir ocultando por el mundo. En primer lugar porque físicamente no se puede. Y en segundo lugar porque sería una lástima privar a los hombres de semejante belleza. En fin, que queme toda intención de seguir disimulando y me deje caer en el mar de la perversión para disfrutar como dios manda de aquellas tetas que el cielo me había mandado.
Y como digo me pillo. Me pillaba mirándole el pecho cada cinco segundos y seguro que notó mis ganas de llorar. Tal vez por eso no me dijo nada. Y tal vez por eso me llamo, en un momento en que nos quedamos solos en el salón, y me dijo con la simpatía que le caracterizaba que le tomase una foto para conservar aquella imagen cuando ella no estuviera. Y ahí tenéis la foto. Sin dar explicaciones me miró y me lo dijo todo. “Sácame una foto de las tetas que se que querrás mirarlas más detenidamente cuando estés solito en el baño”.
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