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UN POLVO EN LA ORILLA DEL MAR XXX
Os mando la foto que le pedí que me hiciera el chico con el que mantuve un idílico amor durante aquellas maravillosas vacaciones en la manga del mar menor. Allí descubrí el amor, descubrí lo que es pasar la noche revolcados en la arena de la playa comiéndonos a besos tal y como sale en las películas. Y descubrí lo que en un principio llamé sexo y hoy creo que en realidad fueron polvos de los que nunca se olvidan.
Verano, sol y playa. Noches de discotecas y alcohol, y para poner la guinda un chico guapísimo con el que cada noche tumbarte en la arena de la playa para experimentar el placer de un polvo con el agua del mar rozándote los pies.
En los libros se habla de amores apasionantes, de veranos cálidos y playas paradisiacas. Fiestas interminables en noches infinitas. Música y alegría. Y todo aquello fue para mí en aquel rincón de Murcia para deleite de mis sentidos.
Quince días en los que te olvidas de la rutina y entras en un nuevo mundo. Una dimensión que no hubiera sido posible si no hubiera conocido a Juan. Quince días quince polvos. Me sentía como campanilla en el país de nunca jamás, penetrada cada noche por la colita de Peter Pan.
No llegué virgen al paraíso, llegué poco experimentada. Nada que a fuerza de polvos no pudiese curarse. Nos escondíamos tras las palmeras de los oasis que engalanaban las calas. Bajo una roca saliente de los acantilados. Y a veces, bajo el efecto del alcohol, el polvo lo echábamos en plena playa casi a la vista de cualquiera. Todo era tan perfecto que no importaba demasiado donde follar con tal de estar tumbados sobre la arena.
Lo malo de vivir unos días en el paraíso es tener que irse. Después he vuelto y nos hemos revolcado de nuevo por la arena pero ya no es lo mismo. Los momentos son irrepetibles y los polvos también. Lo pasado, pasado está, y cada día tenemos que escribir una página nueva de nuestra historia sin mirar atrás.
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